>El Juicio Final (oil on wood transferred to canvas, 1420-1425), de Jan Van Eyck (1390-1441).La estrategia consiste en capturar los gases de combustión de las centrales térmica e inyectarlos en enormes vacíos del subsuelo a grandes profundidades, y así reducir emisiones y cumplir con el protocolo de Kioto. Estas bolsas, con una capacidad de más de 100 millones de toneladas de CO2 licuado, podrían almacenar el gas emitido por una central durante sus 30 años de vida útil. Por raro que parezca, la inyección de dióxido de carbono en bolsas subterráneas ya se produce en la actualidad en algunos lugares del planeta, aunque principalmente para extraer pretróleo. En pozos en donde los sistemas habituales de bombeo no son suficientes, el dióxido de carbono a presión se utiliza para desplazarlo hasta la superficie. Así, los gases que se producen por el consumo de combustibles fósiles se replantan bajo tierra para extraer más combustible.
Este aparente círculo virtuoso de los gases nos proporciona sin duda una percepción impoluta del mundo. Los flujos de gases, los computos de emisiones y la estadística y el comercio de los hidrocarburos a escala planetaria configuran esta sofisticada aritmética del cambio climático que está destinada a abstraer la gestión de los recursos y la energía de su lado más terrenal y proyectarla en un marco geoestratégico. Desde este punto de vista, del que puede decirse que superaría la visión global para ser ya literalmente extra-terretre, la fina capa de la biosfera en la que habitamos recuperaría su espesor real, prácticamente imperceptible en relación a las otras x-feras de la Tierra: endosfera, mesosfera, litoesfera, estratosfera... las consecutivas capas concéntricas ocupadas por líquidos y vapores. Curiosamente, si prescindimos de la bioesfera, nuestra presencia en esos otros estratos del planeta se limita aquellas minas y galerías subterráneas por donde fluyen los gases y arden fuegos antiguos, y a una miriada de satélites que auscultan y observan lo que sucede abajo, entre toneladas de basura espacial. De hecho, uno de los programas para el control de fuegos subterráneos se realiza mediante satélites. La dificultad para detectar la expansión de los incendios bajo tierra desde la superfície a llevado a los expertos del Banco Mundial a ensayar un sistema de teledetección desde la estratosfera mediante satélites que registran diferencias térmicas en la corteza terrestre. Esta visión no biosférica de la Tierra nos aporta una imagen extraordinareamente sugerente. Si conseguimos corregir la acostumbrada tendencia antropocéntrica de nuestra mirada, si nos salimos por un momento del escenario y vemos lo que queda en nuestra ausencia, descubriremos que persiste una comunicación entre el cielo y el submundo. Así, los mundos celeste y telúrico se reformulan como un cielo y un infierno tecnológicos y nihilistas.
A estas alturas, nadie puede negar que uno de los entretenimientos de los privilegiados habitantes del cielo consiste en observar como se precipitan en el infierno las almas perdidas. Lo podemos comprobar casi siempre que el paraíso y las tinieblas se representan en la misma imagen. En particular, las escenas del apocalipsis y del juicio final han existido tradicionalmente en esta asistencia de los bienaventurados como público al espectáculo de la penitencia de los caídos. Al final de la edad media, los vemos en los grandes retablos de Jan Van Eyck, en los políticos del Bosco, en la cúpula del baptisterio de Florencia, en las imágenes de los libros miniados. La Audiencia Ulterior, el Juicio Final, no deja de ser literalmente el espectáculo definitivo, el espejo donde las faltas y las caridades de la vida terrestre se reflejan, se representan en un nuevo escenario como una comedia irreversible delante del Altísimo y su corte.
>El Juicio Final en 'Les Tres Riches Hures du Duc de Berry', de los Hermanos Limbourg (1415).Hay en particular dos visiones de una misma estructura iconográfica donde la descripción de los elegidos como un coro estático que asiste de público a la comedia que representan los ajusticiados adquiere una clara arquitectura teatral. El Cielo y el Infierno como escenario. La primera de ellas, La Caída de los ángeles rebeldes, se encuentra en el Louvre, en el dorso de una pequeña tabla que en su anverso representa a San Martín de Tours entregando su manta al pordiosero. Parece que habría sido realizada en Siena por algún pintor del círculo de Simone Martini, entre 1340 y 1345, es decir, en los años de la peste. Sobre un fondo de oro, con la presencia de Dios Padre en lo alto y San Miguel y sus huestes angélicas en el centro focal de la tabla, se proyectan en una perspectiva impecable dos hileras de bancos, uno ocupado por los fieles y el otro vacío del que llueve un remolina de parejas binarias de ángeles blancos y demonios negros. La fuerza sintética de la imagen y la singularidad histórica de esa perspectiva tan perfeccionada (casi un siglo antes de la demostración de Brunelleschi en el baptisterio de Florencia) proyectan esas butacas vacías al primer plano del espectador contemporaneo. Los hermanos Limbourg, que conocían esta obra realizaron una versión de ella en capítulo del Juicio Final de su exquisito libro Las muy ricas horas del Duque de Berry. Aquí, los ángeles espectadores configuran un auténtico parlamento beatífico con varios graderios suspendidos en el aire, que va perdiendo ángeles por el vacío central de la misma forma que en un reloj de arena se va filtrando el contenido del recipiente superior al inferior. En la eternidad celestial parece cuestión de tiempo que los ángeles espectadores se lancen también al abismo.
Ante la deriva ecológica del planeta, resulta reconfortable imaginar el futuro de ese parlamento tecnológico de satélites testigos, que al concluir nuestra comedia humana, durante milenios seguirán observando desde las alturas las evoluciones de los fuegos y gases subterráneos. Durante esa eternidad tecnológica, algunos ya inservibles y ciegos, tal vez se precipiten también hacia la tierra.
Artículo extraído de Cultura/s de La Vanguardia, 21 de mayo de 2008
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